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Los recuerdos son las riquezas más valiosas que los seres humanos guardan en sus adentros, es que vienen siendo como una nítida película del recorrido que han hecho a lo largo de su vida porque si se pudiera vaciar el contenido que la mente ha ido acumulando a lo largo de lo vivido, tendríamos todo lo realizado en el transcurso de su paso por  ese maravilloso planeta; en verdad que las personas guardan en su memoria cosas tan valiosas que representan los éxitos obtenidos en su largo andar, así como también muchas cosas que representan los fracasos y toda clase de vivencias negativas que con gran celo los protegen y que a las gentes que les tengan mucha confianza se los hacen saber, así mismo los amores y desamores que en su bendita existencia han tenido que enfrentar; sin embargo en algunas ocasiones cuando se identifican plenamente con algunos seres y que el ambiente propicia una charla amena, entonces puede ser que abran su corazón para dejar salir esos grandes secretos que con gran celo se resguardan, en esos bellos atardeceres en que la plática se vuelve un sopor para los sentidos, es cuando las mujeres se dejan llevar por lo sabroso de la plática y se van enervando los sentidos hasta llegar al éxtasis, es entonces que los seres humanos dejan salir de ese maravilloso cofre secretos que guardaron por mucho tiempo porque al contarlos el cuerpo siente un alivio que hace que la conciencia y el alma también sean participes de esa delicia; por ello que hermosas eran las charlas vespertinas entre las mujeres que reunían al atardecer en los sardineles de las puertas o las banquetas de las calles para gozar plácidamente de esa comunión familiar entre vecinas, mientras los niños y los mocetones se entretenían en distintos juegos tradicionales, muchos de ellos ya perdidos. Que recuerdos tan hermosos cuando las familias salían a sentarse en una silla y las calles se llenaban de ecos y ruidos que retumbaban por todo el valle, mientras los jóvenes concertaban citas amorosas al cobijo de una hermosa mirada con quien ya había indicios de aceptación amorosa. De eso trata este bello poema que hoy ponemos en sus manos, ojalá lo disfruten y lo compartan para que quien lo lea, regrese sus pensamientos a esos atardeceres tan bellos, seguimos con el contenido del libro “Tierra Zacatecana” publicado en 1999 bajo los auspicios de la Colección de Escritores Jerezanos, que lo disfruten.

CHARLA VESPERTINA
Viene cayendo la tarde,
sus rayos el sol declina,
en la placidez divina
de las fantasías alarde.

El carmín tiñe el oriente,
holocausto de quimeras,
esfumándose ligeras
en espumosa vertiente.

El bienhechor de la vida
concluye su diaria faena,
dando vigor a oculta vena
de la tierra cual herida.

De infantes llena la calle,
ruido en distintos matices,
se pierden risas felices
entre rumores del valle.

Todos son ecos sonoros
que contestan presurosos,
cual dijesen sentenciosos…
de esos tiempos los añoros.

Así las horas transcurren
en bellos atardeceres,
mientras tanto las mujeres,
a charlar también ocurren.

Grupos de todos tamaños
obstruyendo las banquetas,
de plática siguen vetas
entre guiños y regaños.

Se habla de trivialidades,
las dolencias, la frescura,
de la hierba que locura
y secretas liviandades.

Hacen señas las doncellas
con formas disimuladas;
para gozar sus tardeadas
y ver nacer las estrellas.

Pero si alguien descubriese
esa concertada cita,
con gran desenfado grita:
ni loca me fijaba en ese.

Entre desbordada risa
Lo jocoso se sublima,
hasta secreto se anima
entre lúbrica sonrisa.

La charla se va tornando
sopor para los sentidos,
recuerdos adormecidos
con sigilo van pasando.

Comentando las vecinas
del tiempo y sus avatares,
de traiciones y pesares,
al paso de horas cansinas.

Y mientras la tarde muere
se disfrutan sus delicias,
del céfiro las caricias,
así el sufrir se atempere.

Sólo la luz mortecina
del astro vivificante,
enciende bello semblante…
cambiando la faz cetrina.

Cuántos secretos se guardan
entre raudas emociones,
no delatan las facciones,
que con celo se resguardan.

Jaime García García.