100 AÑOS DE OCTAVIO PAZ

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100 AÑOS DE OCTAVIO PAZ
Pedro de León Mojarro*

Ante los festejos por los 100 años del nacimiento de Octavio Paz, es imposible dejar de escribir sobre un mexicano universal, figura central e indiscutible en la vida política e intelectual del Siglo XX.
Escritor de ensayos, poesía y artículos varios en revistas y suplementos culturales, Paz dejó huella por su práctica visionaria y su denuncia hacia los sistemas totalitarios y fundamentalistas, como lo señala Luis Hernández Navarro:
“Desde una perspectiva moral y política. Tuvo el mérito de ser uno de los pocos pensadores mexicanos que se aventuraron a reflexionar con profundidad sobre la naturaleza del socialismo realmente existente. La Unión Soviética y sus satélites -concluyó, en libros como El ogro filantrópico, Tiempo nublado y Pasión crítica- no era socialista, sino un régimen despótico totalitario, un vasto monopolio estatal con formas peculiares de uso, goce y disfrute de las riquezas y productos”.
Octavio Paz, tras sus viajes y diversas tareas como diplomático, conferencista e intelectual, vio a México desde fuera, se sensibilizó frente a las estructuras culturales del país y ante el comportamiento de los mexicanos, dando origen a sus ensayos en los que habló de la idiosincrasia mexicana, en “El Laberinto de la Soledad” retrata la idiosincrasia nacional, pinta la otredad del mexicano para entendernos como nación y como ciudadanos del mundo.
En enero de 2011 escribí el artículo “El dilema de la pobreza y la inseguridad” en donde les compartía la situación que entonces vivía el país, y decía que: “pobreza y delincuencia son sinónimos y tienen un mismo origen que, para decirlo en palabras del inolvidable Octavio Paz, es el laberinto de la soledad y no hay mejor solución que la justicia social en libertad”.
Octavio Paz nació con la izquierda. Su padre fue zapatista de sepa y con su abuelo se educó en el culto a la revolución francesa y el liberalismo mexicano. Sus afinidades intelectuales y morales, su vida y sus críticas fueron parte de una tradición de izquierda heredada de su familia.
No debe extrañar entonces, su gusto por la política y su pasión por discutir, argumentar y polemizar sobre las ideas.
En 1990, al recibir en Estocolmo el Nobel de Literatura, planteó varias interrogantes que, lamentablemente para bien, aún no tienen respuesta: “Vivimos no sólo el fin de un siglo de un período histórico. ¿Qué nacerá del derrumbe de las ideologías? ¿Amanece una era de concordia universal y de libertad para todos o regresarán las idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, con su caudal de discordia y tiranías? Las poderosas democracias que han conquistado la abundancia en la libertad ¿Serán menos egoístas y más comprensivas con las naciones desposeídas? ¿Aprenderán éstas a desconfiar de los doctrinarios violentos que las han llevado al fracaso? Y en esa parte del mundo que es la mía, América Latina, y especialmente en México, mi patria:
¿Alcanzaremos al fin la verdadera modernidad, que no es únicamente democracia política, prosperidad económica y justicia social sino reconciliación con nuestra tradición y con nosotros mismos? Imposible saberlo. El pasado reciente nos enseña que nadie tiene las llaves de la historia. El siglo se cierra con muchas interrogaciones”.
Sólo me resta decir, en palabras de Cornelius Castoriadis, filósofo griego y amigo de Octavio Paz, que la mejor manera de honrar a un  escritor “no es alabándolo y ni siquiera interpretando su trabajo, sino que se hace discutiéndole, manteniéndole así vivo y demostrando en los hechos que el autor desafía el tiempo y conserva su vigencia”.
Y si usted, lectora, lector querido, no tienen inconveniente, muchas gracias por sus amables comentarios y aportaciones, nos leemos el próximo jueves.
P. D. Hace un par de meses, a finales del año pasado, comenté sobre los avances alcanzados con la firma del “Pacto por México”, incluso hice la analogía con el “Pacto de la Moncloa”, que ayudó a España a transitar hacia la modernidad.
También alertamos del riesgo que se corría de que ese acuerdo quedara sólo en algo mediático, vacío y sin fuerza. Ya lo escribió René Delgado el  pasado sábado: “Del pacto –esto es, del acuerdo y el concierto- el país transita al impacto, o al choque y al desconcierto que anula el esfuerzo por reponer el horizonte nacional y ahonda la distancia entre la ciudadanía y los partidos y el gobierno”.
Bajarse “del barco de los acuerdos” para avanzar por el  “laberinto de la soledad”. Qué lamentable. El gobierno por un lado y los partidos por el otro, divididos pero juntos en la derrota. Al tiempo.
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*Coordinador de Delegaciones de la SEDESOL.