Quiero Ser Como Tú

INCURABLE MAL
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En transcurso de nuestras vidas cuantas veces hemos dicho que queremos ser como alguien, otra persona, que para nosotros es muy significativa; al inicio de nuestro recorrido por la vida, con el primero que nos queremos igualar o al primero que nos queremos parecer es nuestro padre, o nuestra madre. Queremos parecernos hasta en los más mínimos detalles, formas de hablar, caminar, vestir hasta la forma de ser y comportarse; claro está que esto sucede en la edad temprana puesto que conforme vamos creciendo, poco a poco va desapareciendo la ilusión de parecernos a esta persona tan significativa para nosotros; y van apareciendo nuevas personas a las cuales queremos imitar y así es toda nuestra vida.

Diríamos que todo esto es normal, que es parte de nuestra vida; solo que cuando se es padre de familia nos olvidamos de un “pequeño detalle”, nuestros hijos son el fiel reflejo de nosotros mismos, del desempeño que tuvimos como padres de familia, de la educación que les dimos; este “pequeño detalle” en la mayoría de las ocasiones nos mete en apuros, porque es entonces que nos reflejamos a nosotros mismos; imagínense, ese hijo o hija que quiere parecerse a sus padres, de pronto se convierte en una situación difícil y en muchos casos en un dolor de cabeza, porque no salimos de acuerdo con la forma en que ellos quieren realizar sus cosas, sus formas de actuar, de ser y de pensar; no gustaría que fueran hijos ejemplares desde nuestro particular punto de vista, olvidándonos que hay una distancia enorme en edad costumbre y habilidades, entonces ya de por si aparece un choque, que pocas veces entendemos, además, olvidamos por completo que muchos de sus comportamientos son producto del ejemplo que recibieron de nuestra parte. Las palabras se convirtieron en discurso, y estos en sermones totalmente fuera de lugar y muchas veces contradictorios con nuestra forma de actuar, pregonamos con él no te preocupes y como padres nos pasamos la mayor parte del tiempo preocupados por mil cosas que no podemos resolver, invitamos a nuestros hijos para sea felices y se diviertan cuando nosotros somos la viva presencia de la frustración y el desencanto por la vida misma.

Nos guste o no, los hijos son el vivo reflejo de nuestra forma de ser, de comportarnos y de proceder tanto de manera individual como el la convivencia con nuestra pareja; es por ello que continuamente chocamos con ellos porque se convierten en un espejo donde nos reflejamos tal cual somos pero sobre todo resaltamos nuestras debilidad o conflictos; es entonces que resulta muy complicado aceptar el comportamiento de nuestros hijos y reconocer que su proceder es producto de nuestras enseñanzas.

Dice un refrán que más vale ponerse rojo un rato que arrepentirse toda la vida, aplicando esta reflexión a la función de ser para tiene mucho sentido, es mejor aplicar medida disciplinarias a tiempo, aunque generen enojo y disgusto temporales, que estar tratando de corregir toda la vida.

Cuando trabajo con padres de familia comento lo siguiente, si lo que hacemos por nuestros hijos lo hacemos por amor, no importa lo que hagamos ni como lo hagamos, el amor pasa todo; solo que también con amor debemos fortalecernos para soportar los malos comportamientos que aprendan o desarrollen durante su vida. También recomiendo mucho que por las noches cuando sus hijos estén dormidos, sin importar la edad que tengan, obsérvenlos con atención, y se darán cuenta que son hermosos, lindos e incapaces de hacernos pasar malos ratos.

Nuestros nacieron para ser felices en este mundo, esta es una de las obligaciones que tenemos como padres, hay veces que pareciera que esto se nos olvida. Pero también debo reconocer que no se puede dar lo que no se tiene…

Sin duda tenemos una tarea muy difícil, pero no imposible.