A la cárcel por reírse

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Robert Schiavelli, estadounidense con problemas neurológicos que vive con su madre, irá a prisión si no paga una fianza de 500 euros porque sus carcajadas molestaron a su vecino

 

Se llama Robert Schiavelli, es de Nueva York y puede ir a la cárcel por reírse en un tono demasiado alto. Así son las cosas y así se las contamos que decía aquél. Y todo porque su vecino Daniel OŽHanian no lo soporta. Se da la circunstancia de que el hombre de la risa tiene problemas neurológicos, vive con su madre y es un pedazo de pan. Es más, la denuncia no habla de permanentes risotadas, sino de las que se escucharon los días 12 y 13 de febrero. Pero hay trasfondo. El tal Daniel, según los demás vecinos, es el típico amargado tóxico. De esos que te toca en el piso de abajo o, como en este caso, en el jardín contiguo y te hace la puñeta. De hecho todos ellos aseguran, su madre incluida, que llama retrasado a Robert. Y da igual que lo haga en tono alto o bajo. Chirría.


Lo gordo, es que han admitido la denuncia. Si no paga 500 dólares, irá a la cárcel. No van sobrados en esa casa de dinero, pero parece que lo pagarán. Además hay un grupo de vecinos dispuestos a ayudar. Pero no deja de tener su aquél que alguien no soporte la risa de alguien. Máxime cuando, sin llegar a ese punto, no es algo extraño. Por lo general no hace falta que sea en tono alto. ¿O es que no les ha pasado alguna vez eso de que no soportas la risa de otra persona?


Hace cosa de un mes en ‘El Intermedio’ de La Sexta, una espectadora tenía una risa tan peculiar, insistente y alta que resultaba imposible no reparar en ella. Tanto es así, que al día siguiente Wyoming la entrevistó en el programa. Había llegado a ser trending topic y comentario en todos los corrillos. Personalmente no pude soportarlo. Pero no por el tono o el volumen, sino porque me pareció forzada. “Me piden que ría y lo hago más que nadie”. Aunque puede que esté equivocado y la chica tenga esa risa siempre. Feliz parecía, eso sí. Por lo que igual es cosa mía.


Aunque no creo que fuera el único. Ni el único caso. Conozco a gente que no acabó con el chico o chica de sus ojos por su manera de reír. O que se ha ido del cine por la risa, tipo Lindo Pulgoso, del tipo que tenía a su lado. O ha abandonado un restaurante por las constantes risitas de la pareja de la mesa contigua. Porque la risa ajena, a veces, molesta. Sea por su sonido, por el mero hecho de existir o por ambos motivos.


La cosa viene de viejo. La de Mozart era una de las cosas que peor llevaban sus cercanos. Sobre todo Salieri. La envidia por la facilidad natural del genio para crear obras maestras, hacía que su risa, ya de por sí molesta, le resultara odiosa hasta el infinito y más allá. Vamos, lo que siempre se llamó envidia. Y quizá sea eso lo que le cabrea al tal O’Hanian. Que el vecino, en su inocencia y discapacidad, es feliz. O al menos, tiene sus momentos de carcajada. Lo que me recuerda la mala leche de mucha gente con quienes parecen felices.


Las risas que no soporto…

‘El nombre de la rosa’ refleja a la perfección el miedo a la risa por parte del poder, sea de la curia o de cualquier otro. De hecho los dictadores lo primero que censuran es el humor, tanto en forma de ironía como de sarcasmo o caricatura. Lo temen porque saben que no hay mejor arma para superar el miedo. Por eso intento buscar motivos para reír, hasta cuando no hay ganas ni motivos. Y puestos a no soportar risas, las que no aguanto no son precisamente las de un discapacitado, sino otras. Como la de quien se ríe tras cada frase que escucha porque “se supone que es gracioso”, a quien rompe en carcajadas con las gracietas del jefe, a los adolescentes que se ríen de otro adolescente, a las señoras que lo hacen por lo bajo como si fuera pecado, a los señores que se ríen ante una camarera pensando en hacer pecados, a los futbolistas que se ríen en los entrenamientos como niños de parvulito, a los políticos y sindicalistas que se ríen ante las cámaras en las reuniones sobre paro, crisis o desalojos, a los presentadores de informativos que comparten sonrisas al terminar “porque queda bien”, a los tontos del culo que se ponen detrás de un reportero que está contando una desgracia y se ríen y saludan…


Podría seguir añadiendo risas odiosas todo el día. Sin embargo quiero cerrar hablando de otra risa. Una que me encanta. La de Sofía. Y también sus gritos. Se trata de nuestra vecina. Tiene 2 añitos. Cada día la escuchamos, esperando al ascensor, camino de la guardería. Suele ser a eso de las 8 de la mañana. Pero suena a inocencia, a ilusión y a alegría. Y no solo no la denunciaría jamás, sino que pagaría lo que fuera por seguir escuchándola todos los días de mi vida.