LAS PARADOJAS DE LA VIDA

ENCABEZA MAR CELEBRACIÓN DE LOS 100 AÑOS DEL EJÉRCITO MEXICANO
marzo 5, 2013
Mover a México
marzo 5, 2013

Muchos de nosotros en la niñez vivimos una serie de experiencias en la diaria convivencia
con los compañeros de la escuela, las que por diferentes motivos llegaban en ocasiones al enfrentamiento a golpes cuando ya no era posible arreglarlo de otra forma, es que los argumentos ya no eran suficientes para allanar esas grandes controversias que se habían gestado por cosas insignificantes; pero que a esa edad nos parecían de suma importancia
porque eran afrentas que no se podían perdonar, debido a que atentaban contra la hombría de jovenzuelos que ante sus amigos y conocidos no se podían pasar por alto, así que llegado el momento del enfrentamiento que siempre era empujado por otros de mayor edad, eran quienes se encargaban de calentar los ánimos de los rijosos con infinidad de recursos para que se armara la trifulca, ya fuera verbales, de gestos y señas o diciéndole a alguno de los que se querían enfrentar algunas cosas que según ellos el contrario había comentado de su persona, con la finalidad de encender el coraje de los que tenían la disputa para que les saliera lo gallito y le entraran con más ganas al enfrentamiento con los puños; de este modo el momento previo a la  pelea se escuchaban voces de todo tipo animando a los que se encontraban en el centro del círculo que se había formado para arengar a los que se encontraban todavía indecisos de llegar a los golpes, con palabras de todos los matices, insultos y ofensas y todo clase de expresiones porque los ánimos se iban caldeando es que los dos bandos deseaban que la pelea se diera porque la palomilla, ansiaba con vehemencia que aquellos rapazuelos vengaran la afrenta sufrida con una buena descarga de trompadas para que demostraran que no le temían al oponente, la turba enardecida por todos los medios buscaba que los que llevaban el coraje atravesado en entre el cuerpo y la cabeza, se liaran a trancazos porque según ellos era la única manera de zanjar esas diferencias, cuando la muchedumbre lograba que trenzaran en ruda pelea la gritería de todos los que se arremolinaban, era ensordecedora porque semejaba un ruido que al final no dejaba escuchar ni a los peleoneros, cuando la batalla era pareja se encendían más los ánimos  de los mirones que pedían más furia de los combatientes, si alguno de los dos ya no quería seguir  le lanzaban puyas e improperios; ahora si no había habido pelea porque los ofendidos habían entendido que no había suficiente razón para enfrentarse y habían dialogado para llegar a darse un abrazo como buenos amigos, entonces la chusma encorajinada porque no se llegó a los golpes, se lanza para agarrar a coscorrones a esos dos cobardes como ellos los califican, tratándolos de poco hombres y en ocasiones hasta de mariquitas. Este hermoso poema trata precisamente de eso, de cómo los mayores hacían pelear a los más pequeños arengándolos para que se les encendiera la sangre y se liaran a golpes en ocasiones sin motivo y muchas veces los pleitos se pudieron evitar, pero la turba desenfrenada excitaba tanto a los que se querían enfrentar que terminaban por hacerlo y que hasta que no resultaba un ganador, la muchedumbre seguía con su furor porque esa era su ley de enardecerse con todo el griterío de los que se arremolinaban para desatar la violencia entre quienes querían arreglar sus diferencias. Espero disfruten este bello poema del libro “Caminos” publicado en 1998.                         

MUCHEDUMBRE

¿Quién no ha visto levantarse
después de la pesadumbre,
a la que turba medrosa
pretendía considerarse
y contraria a la costumbre,
amenazar belicosa?

En confusa zalagarda,
propinar cobardemente
bajo golpe traicionero
con tan filosa alabarda
para decir acremente:
frutos de ser pendenciero.

La persona se amilana
por feroz acometida
que por anónima mano
de victoria ya se ufana,
la caterva fementida
cubre alevoso villano.

Luego de acción perpetrada
en que la ruín felonía
pisoteó la dignidad,
aléjase a carcajada,
pavoneando falsa hombría
con juicio de salvedad.        

Reúnense así los curiosos
para el ánimo excitar,
del vulgo mala costumbre,
más que los propios rijosos
piden la afrenta pagar,
en amorfa muchedumbre.

Jaime García García