In nomine patris, Miguel Agustín Pro (PRIMERA PARTE)

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Autor: Peggy Bonilla

Estudiando la vida de José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez (1891-1927), personaje sobresaliente de la Cristiada, me encuentro con la sorpresa de que era zacatecano. Conoció de la inclemente vida de los mineros en Zacatecas, por eso comprendo el que mejor haya optado por ser sacerdote, además de que, prometió el sacrificio de no tener novia. Y las promesas se cumplen.
Estudia primero en Michoacán y en 1914 a causa de la revolución, se exilia en California, junto con grupos afines, luego España y Nicaragua. Se ordena sacerdote a los 34 años en Bélgica. Por causa de su naturaleza enfermiza, los superiores de la grey Jesuita lo mandaron de regreso a México para que muriera en su tierra. Bromeaba al respecto, diciendo que les resultó más barato regresarlo vivo, que mandarlo en un ataúd.
Escribía Poesía, le gustaba el teatro, la música, escribía poesía, era un artista. Sensible, solitario, con ese aire melancólico que caracteriza a muchos que se dedican al arte. Para fortuna mía, encontré algunos poemas rescatados de una muestra poco conocida de su Obra literaria.
Corría el año de 1925, al triunfo ya de la Revolución Mexicana, Pro se encontraba todavía en el viejo mundo, y le llegaban cartas, aunque esporádicas, de sus familiares; lo mantenían al tanto de los acontecimientos en el país. Huérfano de madre, suceso doloroso para él, ocurrido en lejanía, pero le quedaban su padre, sus hermanos Ana, Roberto y Humberto. Dos hermanas habían  ingresado al Convento años atrás.
Asentado por fin en la Ciudad de México, vivía con la familia, -año de 1926- la desagradable noticia de la regularización de los cultos pondría de cabeza al clero. Mi paisano Miguel Agustín Pro  Juárez, lucía bastante enfermo, estaba desahuciado. Los males crónicos habían averiado pulmones y estómago…