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VIUDAS, VALPARAISO, ZAC., 1ero DE FEBRERO  DEL 2014
MISIVAS, RECADOS Y LLANTOS -5-
Evocación en tres tiempos.                                                                                             
A Ramón López Velarde
Escribirte desde Viudas, Ramón, no es cosa fácil. La liturgia de las horas ha sido cruel: en Viudas se nos dio el llanto y la palabra al nacer, más no la escritura ni la lectura. La realidad es triste como podrás  ver, ese don de la escritura lo hemos estado implorando siempre a la divina providencia ¡como es natural! hay resequedad y resentimiento sobre la esquina del Portal, donde se escucha el piar de  una errática golondrina, de pico alfarero.  
Hace mucho tiempo, me propuse enviarte esta misiva, para darte una noticia frustrante de orines y moho en las criptas de nuestros difuntos: Jesús González Otega, Francisgo García Salinas, Manuel M. Ponce. Mauricio Magdaleno, Alfonso Toro, Francisco Luna Arroyo, Severino Salazar y vos. 
Estimado Ramón:
Muncho mialegraré queal tomaresta karta en zus manos se jalle uste josando de felicidad, sosa que todos cueremos. Pues la que llo joso, es regular: maz de zofrir que de jozar. Asté Dios lo qolmó de favores dándole la palabra y la escritura, por eso disen lo que dijo, que lo dijo vien dicho.
¡pos ansina que chiste! Yo me jallo agora, queriendo dicir, lo que agora uno tiene que dicirlo. Y no jayo como dicirlo, pa dicirlos bien y vonito como austé lo dijo, para reírse  con y los de su tiempo, y pos hasta acá nos alcanzo su guen humor.
Acá por Viudas nos accosdamos muncho de husté, es uste todavía nuesto orjuyo. Esté anda siempre en la lengua de nuestros jilgueros viera como resan sus bersos, los an resusitado tanto que cuasi me los apremio de memoria.
Sus versos  Ramón, limpios y puros, condenan  la miserable tragedia de ver su patria mutilada. Y dices en tu melódico drama: “oigo en tus quejas crujir los esqueletos en parejas, -(viudas y muertos)- oigo lo que se fue, lo que aún no toco y la hora actual – (de Michoacán)- con su vientre de coco, y oigo en el brinco de tu ida y venida, oh trueno, la ruleta (la fatal)- de mi vida.” Como la sota moza, patria mía, en piso de metal, vives al día, de (¡milagro!), como la lotería.
Le quento lo que agora dicin estos hijo tés,  dicen y redicen por medio de tus afanosos versos: Suave Patria: tu vales por el rio de virtudes de tu mujerío. – ¡Eso era antes!-.
Lo que dicen ellas ahora:
¡Ya nos la creímos! ¡Vieran que no!: Ya no somos las conejas de antes: borrachas por el invisible alcohol del amor. No. Eso se acabó, ahora yo digo que valemos, por los pantalones que traemos y no por los hijos que tenemos.  Antes  éramos paridoras  de hombres  y mujeres para que fueran padres de la patria.  ¡Porque entonces había quien nos mantuviera! ahora ya no, ahora cada quien trabaja para su santo. 
Ramón, yo quisiera decir lo que usted dijo, lo quisiera decir mejor para que vieran que los de Viudas pueden crecer como en las comunas de la Realidad de Charles Dikens, De Flaubert, de Balzac, de Dostoyevski o Benito Pérez Galdós; o como en las de La Melancolía, de Cicerón, de Gogol,  Diderót,  Cervantes y tu clamorosa obra de zozobra.
Mira como escribimos Ramón: en la mágica conseja de Viudas, en la mágica aldea de La Realidad, y en la comuna mágica de La Melancolía: levantamos tantas piedras del kamino, qe ya estamos kanzados; atendimos a los chiclanes que llegaron y se fueron con sus  aguas asesinas  y su vientos de muerte; movimos lodos y sacamos a flote a los muertos enterrados; hemos hecho más que cuatro gobiernos anteriores; juntos, somos pocos pero parecemos muchos. Esta proclama esta prohibida para fines partidistas, es patrocinada por el gobierno (de la Melancolía) el de la árida ortografía y de opuesta historia.
Ramón, tu ironía, me deshace la cara de Tláloc que tengo cuando bellamente dices que sembramos maíz, y levantamos puro chile: “al triste y al feliz dices que si, que en tu lengua de amor prueben de ti la picadura del ajonjolí.”  Desde acá de Viudas se ve y escucha el azoro de las muchas crías y se oye el sollozar de nuestras mujeres que ven pasar a  sus ídolos y maridos caídos, confundiéndolos en el fango de las alucinantes drogas, el petróleo y otras energías.
Tu ciudad, versus provincia, está ahora colgada de la pantalla electrónica bebiendo gaytoraids y mascullando héroes de Steven Spielberg; la coca cola sola patrocina: todas las  pías romerías y  la cerveza todas las justas  deportivos y los regocijos,   y tus mujeres vendedoras de la fresca agua de chía, mendigan en las calles a porfía, barriendo con sus dedos las calles de botellas vacías; esa, Ramón es, la epopeya de hoy en día. Y de aquella piel que exhalaba algarabía, hoy, la piel es, un tibio silencio.
Ramón, comparto tu visión de Viudas, de aquellos días. Fuiste un caminante que no te conformaste con solo mirar la vida sin poder participar en ella: ¡que bien lo hiciste! Le cortaste a la epopeya un gajo con el picante moralismo de tus manos. Tú obra Ramón es, para los hombres que te merecieron  desdén: un cañonazo de amor y de añoranzas, en las horas nonas de tus días.
De cualquier manera, soñemos un poco. Soñemos que en el mundo queda una aldea intacta, con su campanario incólume, un hogar quieto, con su aprisco de piedras de chocolate, con una rejilla de galletas de nieve por donde se asoman: un  anhelante jumento, una  molesta cabra, un astroso cerdo, y un jadeante buey, que desean cortarle a la alameda, lo poco verde que le queda.
Y, en un claro de la serranía, marcha sin rieles un ferrocarril enano sobre montañas que se empinan más que las del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl.
Y, la rosa temblorosa, la palmera orgullosa, el laurel sentencioso, el cedro oloroso, el pino y el oyamel servirán como herbaje apetitoso para Xiuhtecutli.
Ramón, como supiste tú decir con tu épica sordina,   quiero  emular tu armonía este día, nada más este día y a tu portal de palabras floridas voy y regreso como lo hace el colibrí de rosa en rosa.
Óyeme compadre Ramón, quiero decirte que el otro día le escribí a Horacio Zaldivar, un amigo tiratintas de estos días,  lanzador de flechas y cohetones: me solicitó que le informara sobre las mujeres casaderas de Viudas, y, esto le dije con tus palabras: No, Horacio, no. De las viudas casaderas, la más entera tiene 100 años. Anda  muy entrada con Mr. Midas; “a ti, poeta hermano que eres cura de la noble parroquia del Ensueño; va la canción de mi amoroso mal, este poema de  vetustas cosas y viejas ilusiones milagrosas a pedirte la gracia bautismal”.