Mi dulce muerte

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Por: Martha Adriana Galindo Pelayo
Yacía recostada en la dura cama de aquella habitación oscura y abandonada, era una noche de diciembre sabrás que hace mucho frío, el ambiente olía a madera húmeda con polvo y había un olor extraño un olor indescriptible, esos aromas hacían perfecta combinación para un delicioso descanso solitario.
Me levanté de aquella apolillada cama y me senté con una copa de esas grandes y trasparentes repleta de vino, el cual resbalaba con tanta delicadeza de la copa como si estuviese pidiendo permiso para tocarla y fusionar su belleza de ver como resbalaba por su cuerpo.
Al acercar aquella fría y llena copa hacia mis labios y mojarlos con aquel frío, delicioso y amargo vino me apeteció pensar en algo hermoso en algo que marcó mi vida, y pensé en ti, Recordé vaya hace un  diciembre atrás cuando en mi blanca, delicada y frágil mano llevaba un yugo de tormento, un futuro doloroso, un amor amargo y una cadena atada a mi corazón por siempre todas esas torturas y mas se encontraban en un simple objeto redondo de plata, si exactamente un anillo de compromiso, lo recuerdo como si hubiese sido ayer aquel momento donde me libraste de todo mal, donde mi corazón abrió los ojos y no quiso mirar  hacia atrás y decidió mirar hacia el futuro un futuro contigo.
Sonreí al recordar esto, me recosté y con las cobijas con olor a armario viejo y a humedad me dispuse a dormir.
Desperté al día siguiente con una sed insaciable, bajé a la cocina donde me encontré con un nido enorme de cucarachas el cual evadí con insignificancia, llegué hasta el fregadero, tomé un vaso y me percaté de la delicadeza del agua al llenar un vaso insípido, como si el agua dijese no eres digno de mantenerme en tus duras paredes, yo estoy hecha para andar en ríos y recorrer caminos no para estar envasada o por el estilo, cuando de pronto aquel viejo y amarillo teléfono sonó insistentemente, corrí y lo descolgué me quedé helada, la sangre empezó a recorrer mas rápido en mi cuerpo por la adrenalina, mis manos y pies se entumieron, ¡estaba escuchando a un fantasma, un fantasma del pasado!. Ese fantasma que sabes que está ahí pero por miedo no quieres voltear o hacerle caso porque le tienes miedo a lo desconocido.
Él para mí como yo para él, éramos unos completos desconocidos, de nuevo al escuchar su hola solamente sonreí.
Simplemente pude escuchar un Te amo yacer de su boca y desde ahí creo que la historia se repitió, Te preguntaras ¿Cómo fue mi dulce muerte? Mi dulce muerte fue en sus labios.